violín · lluvia · taller

El alma se había movido

Una tarde de lluvia, un violín que de repente sonaba con calcetín, dos días sin él y un antiguo compañero del conservatorio que ahora los arregla en El Carmen.

Foto: Ruth and Dave · CC BY 2.0

El miércoles por la tarde llovió como llueve en València en octubre, que es poco y mal: nada durante semanas y luego, de golpe, una hora entera de agua que cae en diagonal y convierte la calle de Sueca en un río con hojas de plátano. Me pilló a medio camino de la escuela, en la bici, con la funda a la espalda. La funda es impermeable, o eso ponía en la etiqueta. Llegué a clase con el pelo pegado a la cara y los vaqueros pesando el doble, y la conserje me dio un rollo de papel de cocina sin decir nada, como quien da una toalla a un perro.

El violín parecía seco. Lo afiné, di las clases, volví a casa cuando ya había parado y el suelo brillaba. No noté nada. O noté algo y no quise notarlo, que en mí es lo mismo.

Un calcetín

Lo noté de verdad el jueves por la mañana, en el balcón, con el café. Saqué el violín para estudiar el lento del Haydn, el de la noche en el bajo de Toni, y la cuerda de sol sonó como si alguien le hubiera puesto un calcetín. Apagada, sorda, con un zumbido pequeño por debajo, como una mosca atrapada dentro de una lámpara. Toqué la de re. Igual. Toqué la de mi y por lo menos esa seguía siendo ella misma, chillona y orgullosa.

Marta salió en pijama, con una naranja a medio pelar, y me preguntó qué le pasaba al violín, que sonaba «resfriado». Marta no sabe nada de música pero tiene un oído de vecina que no falla.

Encendí la linterna del móvil y miré por la efe derecha, que es uno de los dos agujeros con forma de ese que tiene el violín en la tapa. Ahí dentro, si todo está bien, se ve un palito de abeto, de pie, sujeto solo por la presión entre la tapa y el fondo. No está pegado. No tiene clavos. Se aguanta porque está en el sitio exacto. Y no estaba en el sitio exacto. Estaba un poco torcido, inclinado hacia dentro, como un borracho apoyado en una farola.

Jordi

Lo primero que te enseñan cuando tienes un alma movida es que no aflojes ni aprietes nada, porque si se cae del todo y las cuerdas tiran, la tapa puede hundirse. Así que destensé un poco las cuatro con muchísimo cuidado, metí el violín en la funda como si llevara un huevo y fui andando, empujando la bici, hasta El Carmen.

El taller está en una calle estrecha detrás de las Torres de Quart, en un bajo con una puerta de madera verde y un timbre que no suena. Lo lleva Jordi, que estuvo conmigo en el conservatorio. Él era violín también, un curso por delante, y tocaba mejor que yo, que conste. En tercero lo dejó. Nunca supe muy bien por qué. Un verano se fue a Cremona a hacer un curso y volvió diciendo que le interesaba más lo de dentro que lo de fuera, y todos pensamos que era una frase para no dar explicaciones.

Dentro huele a barniz, a cola caliente y a virutas. Hay violines sin cuerdas colgados del techo con alambre, como jamones, y un chelo abierto encima de una mesa, sin tapa, que da un poco de pudor mirar. Jordi llevaba un delantal de cuero y unas gafas de cerca en la punta de la nariz que no le había visto nunca. Me dijo «Elena Vidal, qué mala cara traes», y luego, cuando vio el violín, «Ah, no, la mala cara la trae él».

Dos milímetros

Miró por la efe con una lámpara de dentista. Dijo que la humedad del miércoles había hinchado un poco la madera y que el alma, que ya estaba justa, se había quedado sin presión. Que no era grave. Que el violín tenía que quedarse hasta el viernes, para que se aclimatara y para ajustarla bien.

Hasta el viernes. Eran dos días. Yo no he pasado dos días sin mi violín desde una gripe de 2019.

Le pregunté si podía ver cómo lo hacía. Sacó una herramienta de acero con forma de ese alargada, metió la punta por la efe, enganchó el alma por un lado y la puso de pie con un movimiento tan pequeño que casi no lo vi. Luego la empujó, golpecito a golpecito, hacia el puente. Dos milímetros, dijo. Cada medio milímetro cambia el sonido. Le pregunté cómo sabe cuál es el bueno y se encogió de hombros: «Lo toco. Si me gusta, ese».

Así que todavía toca. Me lo dijo sin que le preguntara: que no echa de menos el escenario, pero que cada violín que sale de aquí lo toca él primero, solo, con la puerta cerrada, y que eso le basta. No dijo nada del miedo. Yo tampoco.

El jueves por la tarde di las clases con el violín de préstamo de la escuela, que tiene una pegatina de un dinosaurio en el fondo y una segunda cuerda que suena a lata de conservas. Nil lo vio enseguida. Me preguntó si me había comprado un violín nuevo y le dije que no, que el mío estaba en el médico. Me miró muy serio y me preguntó si se iba a curar. Nil siempre pregunta lo importante.

Hoy a las doce he ido a buscarlo. Jordi me lo ha dado afinado y me ha hecho tocar allí mismo, entre los violines colgados, un sol al aire, largo, con el arco entero. Ha sonado como suena el mío. Ni mejor ni peor: el mío. He tenido que mirar al chelo abierto un momento.

Once euros, me ha cobrado, «precio de compañera». No sé qué tiene este mes con los once euros.

He vuelto en bici despacio, frenando en cada semáforo con las dos manos. Al llegar a casa he abierto el estuche en el balcón y he inclinado el violín hacia la luz. Por la efe derecha se veía el alma: un palito de abeto del grosor de un lápiz, de pie, en su sitio, aguantándolo todo sin que nadie lo vea.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →