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Lo que me preguntó Nil
Un alumno de nueve años, una audición en la escuela y una pregunta sobre el miedo escénico que no supe contestar con una mentira.

Nil tiene nueve años, el flequillo cortado por su madre con más voluntad que pulso y una costumbre que me encanta: antes de tocar se sopla los dedos, como hacen los jugadores de cartas en las películas. Lleva dos años conmigo en la escuela. Es de esos niños que estudian poco pero escuchan muchísimo, y eso, aunque no lo pongan en ningún método, se nota.
El viernes teníamos la audición de principio de curso. Es algo pequeño, en la sala del primer piso, con sesenta sillas de plástico, un piano que desafina en el re agudo y los padres grabando con el móvil en vertical. Nada importante, en teoría. Cada alumno toca una pieza corta y luego hay zumo y galletas.
Nil tenía que tocar un minueto de Bach, de los fáciles, de los que todos los violinistas del mundo hemos tocado alguna vez con los hombros subidos hasta las orejas.
Detrás de la puerta
Esperábamos en el pasillo, junto a la máquina de café estropeada desde el curso pasado. Le tocaba después de una niña que tocaba la flauta travesera. Nil estaba muy callado, cosa rara en él, y no se soplaba los dedos. Se miraba los zapatos.
De repente me dijo: "Elena, ¿a ti también te tiemblan las piernas?".
Tenía preparada la respuesta de profesora. La que dice que es normal, que es la emoción, que cuando empiezas a tocar se pasa. Esa respuesta no es mentira del todo, pero tampoco es verdad. Y Nil me miraba con esos ojos de niño que sabe perfectamente cuándo un adulto le está contando un cuento.
Así que le dije la verdad. Que sí. Que a mí me tiemblan las piernas y, lo que es peor, me tiembla el arco, sobre todo en las notas largas, porque el brazo se queda quieto y el miedo aprovecha para meterse por ahí. Que en mi examen final del conservatorio, tocando una sarabanda de Bach, el arco me botó sobre la cuerda como una pelota de ping-pong delante de un tribunal de tres personas, y que una de ellas apuntó algo en un papel y yo pensé que me moría. Que este verano, en una boda, se me rompió una cuerda y casi me da algo.
Nil me escuchó muy serio. Luego me hizo la pregunta de verdad:
"Entonces, ¿para qué lo haces?"
Y no supe qué decirle. Abrí la boca y no me salió nada útil. Le dije algo así como "porque me gusta", que es verdad, pero que no explica nada, porque también me gusta el helado de turrón y no me tiemblan las piernas cuando me lo como.
Mis trucos, que no son gran cosa
Lo que sí hice fue enseñarle mis trucos, que no son gran cosa pero a veces funcionan. Ponerse agua fría en las muñecas en el baño. Apretar los dedos de los pies contra el suelo, dentro de los zapatos, como si quisieras agarrar la tierra. Respirar sacando el aire más despacio de lo que lo coges. Y mirar a un punto de la pared del fondo, no a las caras, porque las caras te cuentan historias que no son verdad.
Fuimos juntos al baño. Se mojó las muñecas con tanto entusiasmo que se empapó las mangas de la camisa hasta el codo. Le dije que daba igual.
Pero poco
Salió, hizo una reverencia torpe, se sopló los dedos (bien, pensé) y empezó. Los primeros compases fueron rápidos, casi atropellados. Luego llegó la nota larga del final de la primera parte, un re que tiene que durar dos tiempos, y lo vi. El arco temblaba. No mucho, un pequeño vaivén que desde la tercera fila nadie notaría, pero yo estaba al lado del piano y lo vi perfectamente.
No paró. Apretó la boca, siguió, terminó la pieza con un rasgueo final un poco brusco y la sala aplaudió como si hubiera tocado en el Palau de la Música. Su abuela gritó "¡Bravo!" con la boca llena de galleta.
Cuando volvió al pasillo, todavía con las mangas mojadas, se me acercó y me dijo en voz baja, muy satisfecho:
"Ha temblado. Pero poco".
El sábado que viene tengo boda en Sagunto. Me he apuntado la frase en el estuche del violín, con lápiz, en la parte de dentro de la tapa, al lado de la colofonia.


