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Haydn para nadie

Se acabaron las bodas del año y el cuarteto se juntó un lunes por la noche en el bajo de Toni solo para tocar Haydn. Sin novias, sin organizadora, sin público. Casi.

Foto: Garry Knight · CC BY 2.0

El sábado tocamos en Puçol la última boda del año. No lo sabíamos mientras la tocábamos, o lo sabíamos a medias: Laia tenía apuntada en su agenda de papel una posible en noviembre, en un hotel de Gandia, y el domingo por la mañana le escribieron para decir que al final ponían un DJ. Así que la temporada se cerró sola, sin despedida, con un «Aleluya» de Händel mal amplificado en un salón con lámparas de cristal y un camarero que nos trajo cuatro croquetas en una servilleta cuando ya estábamos guardando los atriles.

El domingo por la noche, mientras yo todavía tenía barro de la Albufera en las zapatillas, Laia mandó un mensaje al grupo del cuarteto. Decía: «Lunes 21:00, bajo de Toni. Haydn op. 76. Sin bodas». Y luego, un minuto más tarde: «Traed algo de cenar, que Toni no tiene nada nunca».

El bajo de Toni

Toni vive en Benimaclet, en una planta baja que fue la tienda de ultramarinos de su abuela. Todavía tiene el mostrador de madera, que ahora hace de mesa, de estantería y de sitio donde deja las llaves de la furgoneta, y una persiana metálica que hace un ruido de tormenta cuando la sube. Dentro huele a madera vieja, a la colofonia del chelo y a un ambientador de pino que no consigue tapar nada. En la pared del fondo sigue colgado un cartel de 1987 con los precios del aceite.

Llegué en bici con media tortilla de Marta envuelta en papel de aluminio. Sergio trajo cervezas y, cómo no, el abanico, aunque estábamos a dieciocho grados. Laia trajo las partituras, una caja de galletas danesas que por dentro tenía hilo de coser y luego, en otra bolsa, las galletas de verdad. Toni no trajo nada porque ya estaba allí. Había colocado las cuatro sillas en semicírculo y había quitado del medio una bici estática que, según él, usa mucho. Tenía polvo en el sillín.

Lo del op. 76 viene de lejos. Lo compramos los cuatro, la edición de las partes, en 2023, con la idea de tocarlo «cuando tuviéramos tiempo». Desde entonces lo habíamos abierto dos veces. Una vez para mirarlo y otra para usarlo de calzo en una mesa que cojeaba en una masía de Bétera. En las bodas no lo tocas nunca: nadie entra a la iglesia con Haydn, y si lo pones en el cóctel la gente habla más alto.

La salida del sol

Laia eligió el cuarto, el que llaman «La salida del sol». Empieza de una manera muy rara: los otros tres sostienen un acorde, quietos, como una niebla, y el primer violín sale de debajo y va subiendo, despacio, nota larga detrás de nota larga, hasta que se hace de día. Lo que viene a ser mi pesadilla en partitura. Notas largas, solas, arriba, con todo el mundo callado escuchándote.

Cuando lo vi en el atril me reí por no hacer otra cosa. Laia me miró por encima de las gafas y me dijo: «Aquí no hay nadie, Elena». Toni dijo: «Estoy yo, pero yo no cuento». Sergio no dijo nada porque tenía la boca llena de tortilla.

La primera vez fue un desastre por motivos que no tenían nada que ver con el miedo. Llevábamos meses tocando las mismas veinte piezas de boda, que ya salen solas, y de repente teníamos delante música que había que leer de verdad. Sergio se perdió en el compás doce. Toni contó mal un silencio y entró solo, muy convencido, con un do grave que retumbó en el mostrador. Paramos riéndonos.

La segunda vez salió. Y ahí pasó lo que me ha tenido pensando desde el lunes: no me tembló el arco. Ni un poco. Subí por esas notas largas despacio, con el brazo tranquilo, escuchando cómo la viola de Laia se movía un milímetro por debajo de mí, y el sonido se quedó allí colgado, en un bajo de Benimaclet que olía a pino de mentira, sin que nadie lo estuviera grabando con el móvil en vertical. Al terminar el primer movimiento nadie dijo nada durante un momento. Luego Toni dijo «Mare meua» muy bajito, que en él es como un discurso.

Casi nadie

Lo estropeó Laia, con todo su cariño, a las once y media, mientras recogíamos. Dijo que la parroquia de Russafa hace conciertos en febrero, los domingos por la tarde, y que el cura es primo de una alumna suya, y que por qué no. El op. 76 entero, o al menos el cuarto. Para gente. Sin novias.

Dije que sí antes de pensarlo, porque estaba contenta. Y en cuanto lo dije, con el violín ya en el estuche, noté las manos frías. No las tenía frías desde hacía tres horas. Es increíble lo rápido que vuelven, como un perro que te espera en la puerta.

Lo que no he contado todavía es que sí hubo público. A mitad del lento, por la ventanita de arriba de la persiana, que Toni deja abierta para que no huela tanto a pino, vi unas zapatillas de cuadros parar en la acera. No se movieron hasta el final del movimiento. Luego se fueron, despacio, arrastrando un poco los pies. No sé de quién eran. Toni dice que de la vecina del segundo, que baja la basura a esa hora, y que ella siempre se para cuando oye el chelo, pero que nunca ha llamado para quejarse ni para nada.

Yo toqué ese movimiento entero mirando unas zapatillas de cuadros, y el arco no tembló. Lo apunto aquí para febrero.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →