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Cañas y barro, en El Palmar
Llevaba desde agosto con el libro a medias. El domingo fui en bici hasta la Albufera para leer el último capítulo en el sitio donde pasa, y un barquero me lo estropeó un poco.

Tengo una relación complicada con Cañas y barro. Me lo regaló mi tío Paco cuando cumplí quince años, con una dedicatoria que decía «Para que sepas de dónde eres», y lo dejé en la página cuarenta. Lo volví a empezar a los diecinueve, en el conservatorio, y lo dejé en la página sesenta. Este agosto, con la escuela cerrada y sin bodas entre semana, lo saqué de la estantería con la firme decisión de ser una valenciana como Dios manda, y llegué hasta el penúltimo capítulo. Luego empezó el curso y el libro se quedó en la mesilla, con un billete de metro de marcapáginas, mirándome cada noche con cara de decepción.
El sábado por la noche, al volver de una boda en Puçol, lo vi ahí y decidí que el último capítulo no lo iba a leer en la cama. Lo iba a leer en El Palmar, que es donde pasa todo. Marta dijo que eso era muy de mí: convertir una cosa pendiente en una excursión para tardar todavía más.
Veinte kilómetros con frenos
Salí el domingo a las nueve, con el libro en la cesta, un bocadillo de queso y el termo que gotea. Hasta Pinedo se va por el carril bici entre huertas, y luego sigue pegado a la carretera de El Saler, con la pinada a un lado y, de vez en cuando, por un hueco entre los pinos, el mar. Es la primera excursión larga desde que Amparo me ayudó con el freno, y en cada cruce apretaba las dos manetas solo por el gusto de pararme bien. Un ciclista con maillot me adelantó y me miró como se mira a alguien que frena sin motivo.
Pasado El Saler el paisaje se abre y se vuelve plano, plano de verdad, como una mesa recién limpiada. En octubre los arrozales ya están segados. No queda el verde de las postales, sino un barro marrón con rastrojos cortos, charcos que reflejan el cielo y garzas blancas de pie en medio, quietas, con una paciencia que yo no he tenido nunca. Olía a tierra mojada y a paja quemada. En algún campo lejos se levantaba un humo fino y recto, porque no hacía nada de viento.
Tardé una hora y veinte. Llegué con las piernas blandas y el bocadillo aplastado por el libro.
El embarcadero
En El Palmar todo son restaurantes con carteles de all i pebre y paella de pato, y señores con delantal en la puerta que te dicen «¿Para comer?» antes de que hayas bajado de la bici. Yo pasé de largo hasta el embarcadero del final, el de las barcas planas. Me senté en el borde de madera, con los pies colgando sobre un agua verde oscura, quieta, que huele un poco a hierro, y abrí el libro por el billete de metro.
El final no lo voy a contar aquí. Solo diré que yo pensaba que una novela de 1902 sobre pescadores no me podía hacer daño, y me equivocaba. A mitad del capítulo tuve que parar y mirar el agua un rato, porque las cosas que pasan en el libro pasan exactamente ahí, en ese tipo de agua, entre esas cañas, y la Albufera de repente ya no era un paisaje bonito sino un sitio donde la gente ha sido muy pobre y muy desgraciada durante mucho tiempo.
Estaba en las últimas dos páginas cuando un señor que estaba achicando agua de una barca con una lata de tomate me preguntó qué leía. Le enseñé la portada. Se rio con toda la boca, que le faltaban dos dientes de abajo.
«Ese lo traen todos», me dijo. «Y ninguno lo acaba».
Le dije que yo estaba a punto. Me preguntó por dónde iba y, antes de que pudiera taparme las orejas, me contó cómo acababa. Con detalles. Con el nombre del personaje y el sitio exacto, que según él estaba allí delante, señalando con la lata hacia un cañar. Luego me dijo que su abuelo había conocido a uno de los pescadores en los que se inspiró Blasco Ibáñez, cosa que dudo mucho, y que en el pueblo todavía hay quien llama Sangonera a los que beben de más.
Lo que quedaba
Se llama Rafa. Me ofreció dar una vuelta en la barca por diez euros, «precio de lectora». Le dije que no llevaba efectivo, que era verdad, y me dijo que entonces me la daba por nada, pero solo hasta la mata de cañas y volver, porque tenía que comer. Me senté en la tabla del medio con el libro en las rodillas. Él empujaba con la percha, de pie en la popa, clavándola en el fondo y caminando hacia atrás por la barca, sin hacer ningún ruido. El agua apenas se movía. Una garza se levantó a dos metros, muy ofendida.
Me acordé de mi abuelo, que era del Cabanyal y no de aquí, pero que decía «la mar» en femenino y a la Albufera la llamaba «el lago», con un poco de desprecio, como se habla de un primo del interior. Pensé que le habría hecho gracia verme ahí, sentada en una barca de pescadores, con un libro que él nunca leyó y que seguramente le habría parecido una exageración.
Leí las dos páginas que quedaban en la barca, aunque ya sabía lo que pasaba. Rafa se calló mientras tanto, por respeto o porque estaba cansado. Cuando cerré el libro dijo «¿Ves?», como si lo hubiera escrito él.
Volví a casa con el sol de cara y el libro en la cesta, terminado, doce años después de la dedicatoria. Marta me preguntó qué tal y le dije que muy bien, que lo había acabado, pero que me lo había destripado un señor con una lata de tomate. Me dijo que eso no contaba como acabarlo.
El billete de metro lo he dejado dentro, en la última página, debajo de la palabra «fin».


