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Las naranjas de la tía de Marta
Llegó la primera caja de naranjas de Carlet, con hojas y todo, y con ella un viejo ritual de la casa: nadie las compra, nadie las agradece y nadie las deja pudrirse.

La caja llegó ayer por la tarde, cuando yo volvía de la escuela de música con la funda a la espalda y las manos todavía frías de explicarle a una niña de nueve años por qué el arco no se agarra como un cuchillo. En el portal, apoyada contra el buzón, había una caja de cartón con el logo de una marca de tomate frito, atada con cuerda de esparto y con una nota pegada con celo: Marta Ferrer, 3º. Son de las buenas. Era la letra de su tía Pepa.
Pepa vive en Carlet y tiene unos ochenta fanegas de naranjos, o eso dice ella, porque Marta asegura que son seis campos pequeños y uno que ya no da nada. Cada octubre, cuando maduran las primeras, manda una caja. No la manda por correo ni por mensajero. La manda con el primo Vicent, que trae la furgoneta a Valencia los miércoles para llevar cosas al mercado, y que la deja donde buenamente puede. Una vez la dejó en la panadería de abajo. Otra, en el bar de la esquina, con el camarero avisado a medias.
Las reglas
Subir la caja por tres pisos sin ascensor es la parte que me toca a mí, porque Marta dice que tiene la espalda mal desde que lo dijo una vez y le funcionó. Pesa unos doce kilos. Subí con ella contra el pecho, parándome en cada rellano, y en el segundo se me cayó una naranja que fue rodando escalera abajo hasta el felpudo de la vecina de la planta baja. Bajé a por ella. Olía a hoja verde, a esa cosa agria y limpia que tiene la naranja cuando todavía lleva el rabito.
En esta casa hay reglas que nadie ha escrito. La primera es que las naranjas de Pepa no se pagan ni se agradecen por mensaje: se agradecen en persona en Navidad, comiéndose todo lo que ella ponga en la mesa, que es mucho. La segunda es que no se compran naranjas en el supermercado mientras dure la caja. Marta las miraría como se mira a un ex en una boda. La tercera es que las cáscaras no van a la basura, sino a la barandilla del balcón, a secarse. Marta dice que ahuyentan a las moscas. Yo creo que es una excusa para tener el balcón oliendo a algo.
Pelar sin hablar
Anoche las abrimos. Marta se sentó en el suelo de la cocina, que es el único sitio donde cabemos las dos, y yo en el taburete con el violín todavía en la funda a mis pies, porque no tenía fuerzas ni para dejarlo en su rincón. Partió una por la mitad con los pulgares, sin cuchillo, y me dio la mitad más grande, que es su manera de decir que ha tenido un buen día.
Estaba tan dulce que me dio un poco de rabia. Hay algo injusto en que algo tan bueno se parezca tan poco a lo que uno compra normalmente con el mismo nombre. Nos comimos cuatro cada una sin hablar. A mitad de la quinta Marta me contó que su tía le había dejado un mensaje de voz de seis minutos, que ella no había escuchado, y que no sabía si era para hablarle de los precios de la cooperativa o para decirle que su tío estaba peor. Se quedó mirando un gajo.
No supe qué decirle, así que le pasé la mitad de la mía. Estuvimos un rato así, en el suelo, con los dedos pegajosos y la bombilla de la cocina zumbando. Luego ella se levantó, buscó el móvil, se lo llevó al pasillo y escuchó el mensaje entero, con la bici durmiendo al lado y la puerta entornada.
Era sobre los precios de la cooperativa. Y también, al final, un minuto sobre unas judías. Marta volvió a la cocina riéndose con los ojos mojados, y dijo que ya iría a verla el domingo.
Esta mañana había una pila de cáscaras en la barandilla del balcón, secándose al sol de octubre, y el aire de toda la calle de Cádiz olía a un huerto que no está en ninguna parte cerca.


