abrigo · abuela · invierno

Arena de enero en el bolsillo

El primer día de frío saqué del altillo el abrigo de mi abuela Carmen. Olía a naftalina y llevaba dentro un puñado de playa, un guante huérfano y un botón colgando de un hilo.

Foto: martinak15 · CC BY 2.0

Esta mañana el móvil decía once grados y la ventana del balcón tenía vaho por dentro. En València eso no es frío, eso es una noticia. Marta salió de su cuarto con dos jerséis puestos, uno encima del otro, y la capucha del de fuera subida, y dijo que no pensaba ir a trabajar en esas condiciones. Luego fue a trabajar.

Yo me subí a una silla de la cocina y bajé del altillo del armario la funda de tintorería donde duerme desde marzo el abrigo de mi abuela. Abrí la cremallera y salió un olor a naftalina tan fuerte que Marta, desde el pasillo, ya con las llaves en la mano, preguntó si se había muerto alguien.

La abuela Carmen

El abrigo era de mi abuela Carmen, la madre de mi padre. A ella nunca la llamamos iaia. Era de Albacete, vino a València a los veinte años a coser en un taller de la calle de la Paz y se quedó toda la vida, pero decía que lo de «iaia» eran cosas de valencianos y que ella era «la abuela» y punto. Murió cuando yo tenía catorce años. De ella me quedan este abrigo, un dedal de plata que no me cabe en ningún dedo y la costumbre de mirar las costuras de la ropa de los demás en el autobús.

Es de lana gruesa, de color camello, con los hombros un poco demasiado anchos y unos botones grandes de hueso. Lo cosió ella misma, en 1979, para la boda de una sobrina. Por dentro, en el forro, lleva una etiqueta bordada a mano con sus iniciales, C. M., en hilo granate. Cuando me lo pongo parezco una señora que va a firmar una herencia. Me da igual. Es lo más caliente que tengo, y cuando pedaleo con él puesto se me abre por detrás como una capa y los conductores me dejan pasar, no sé si por respeto o por miedo.

Lo que guardaba

Antes de ponérmelo metí las manos en los bolsillos, por costumbre, y el abrigo me devolvió el invierno pasado entero.

En el bolsillo derecho había arena. No un poco: un puñado, fina y gris, metida en las costuras del fondo. Arena de la Malvarrosa, de aquel domingo de enero en que me senté encima del abrigo a pelearme con el termo y acabé con los pies rojos como gambas. Diez meses dentro de una funda de plástico, en el altillo, y seguía ahí, esperando.

En el izquierdo había un guante. Uno solo, de los sin dedos que me regaló Marta por Reyes. El otro lo perdí en febrero, no sé dónde, y desde entonces este estaba aquí, solo, como un calcetín que espera en el tendedero a que vuelva su pareja. También había una entrada de los Babel, de un martes de febrero, con el título de una película iraní que no recuerdo en absoluto, y un caramelo de limón pegado a su propio papel.

Y el tercer botón, el de la altura del estómago, colgaba de un hilo. Uno solo, flojo, a punto de rendirse. Me acordé de que ya colgaba así en marzo, cuando guardé el abrigo, y de que me prometí coserlo «en cuanto tuviera un rato». Es el mismo rato que el del freno de atrás. Debe de ser un rato muy largo.

El cuello del botón

Esta tarde, al volver de clase, me he sentado en el suelo de la cocina con la caja de costura de Marta, que tiene mucho más hilo que la mía porque es fallera y los trajes se descosen. Marta ha llegado a las ocho, se ha sentado enfrente, ha abierto la bandeja de panellets que le trajo mi madre y se ha comido uno de piñones mirándome muy seria. Ya sabe lo de la patata. Dice que no le importa, pero los mira de otra manera.

Mi abuela Carmen decía que un botón no se cose pegado a la tela, que hay que dejarle «un cuello para que respire». Se cosen unas cuantas pasadas flojas, con un palillo entre el botón y el abrigo para que quede hueco, y luego se enrolla el hilo alrededor de esas pasadas, de abajo arriba, hasta hacer un tallito duro. Me lo enseñó en su cocina de Patraix cuando yo tenía nueve años, con un abrigo mío de niña y un botón con forma de oso. Yo pensaba que se me había olvidado.

No se me había olvidado. Las manos lo sabían antes que yo. Las pasadas flojas, el palillo de los dientes, las seis vueltas de hilo alrededor, el nudo por detrás. Marta me miraba con el panellet a medio comer y me ha preguntado desde cuándo sé coser así. Le he dicho que desde hace dieciocho años, pero que me había enterado hoy.

El botón ha quedado un poco torcido, mirando hacia la izquierda, como si estuviera escuchando algo. La abuela lo habría descosido y vuelto a empezar. Yo lo he dejado.

Esta noche

He ido al cine con el abrigo puesto. En la sala dos, en mi butaca de siempre, Vicente se ha sentado detrás, en la fila siete, y antes de que se apagaran las luces se ha inclinado un poco hacia delante y ha dicho: «Naftalina». No era una pregunta. Le he dicho que sí, que de mi abuela. Ha asentido, como quien reconoce a un pariente lejano, y ha empezado a pelar su mandarina.

Durante la película he tenido las manos metidas en los bolsillos todo el rato. En el derecho, entre las costuras, todavía quedaba arena. He ido moviéndola con la yema de los dedos, despacio, de un lado a otro, mientras en la pantalla llovía.

Al llegar a casa la he sacado con cuidado sobre un papel y la he metido en el bote vacío de la colofonia vieja. No la he dejado en el atril. En el atril ya no cabe nada.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →