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Murciélagos de cartulina

La escuela de música celebró Halloween un jueves: veintidós murciélagos recortados en el suelo de la cocina, una bruja que no cabía bajo el arco y la tocata de Bach a cinco violines.

Foto: Dietmar Rabich · CC BY-SA 4.0

En la escuela de música hay una discusión que vuelve cada octubre a la sala de profesores, junto a la máquina de café que sigue estropeada: si se celebra Halloween o no. Remei, la directora, dice que no, que somos una escuela de música y no una tienda de chuches. El profesor de guitarra dice que sí, porque los críos vienen disfrazados igual y es peor hacer como que no los ves. Este año ganó la guitarra por cansancio, con una condición de Remei: nada de calabazas de verdad, que el año pasado alguien dejó una en el aula cuatro y en diciembre todavía olía.

Se decidió hacerlo hoy, jueves, porque el viernes media escuela se va al pueblo por Todos los Santos. Y se decidió que cada profesor adornaría su aula «con lo que tuviera». Cuando se lo conté a mi iaia por teléfono, dijo que aquí lo que hay es Todos los Santos y buñuelos, y que lo demás son cosas de la tele. Luego me preguntó de qué iban a ir los niños.

Lo que tenía

Lo que yo tenía eran dos cartulinas negras compradas anoche en el bazar de la calle de Cádiz, unas tijeras sin punta y a Marta, que recorta mejor que nadie porque de pequeña hacía los adornos de su falla. Nos sentamos en el suelo de la cocina, que es donde cabemos las dos, y recortamos murciélagos hasta medianoche. Los míos parecían pájaros con mala suerte. Los de Marta tenían orejas, dientes y opinión. Hicimos veintidós. Marta dijo que veintidós era un número serio de murciélagos, y que con menos la gente pensaría que era un descuido.

Esta tarde los he llevado en una carpeta de partituras, en la bici, y he pegado catorce en la puerta del aula y ocho en la pared, alrededor del retrato de Pau Casals que alguien colgó hace años y que nadie se atreve a quitar. Casals, con su pipa y su calva, rodeado de murciélagos, parecía por fin un poco contento.

Disfraces con arco

La primera en llegar fue Lucía, nueve años, de bruja: capa morada, nariz de goma con verruga y un sombrero puntiagudo de casi medio metro. Se colocó el violín en el hombro y el sombrero chocó con la voluta. Probó a inclinar la cabeza y el sombrero se le fue hacia atrás. Probó a ponérselo de lado, como un pirata. Al final se lo quitó con una dignidad enorme, lo dejó en el atril de al lado y anunció: «Hoy soy una bruja que está de vacaciones».

Luego llegaron los mellizos, Hugo y Pau. Hugo iba de esqueleto. Pau iba de algo que según su madre era un vampiro y según él era «un murciélago que se ha convertido en persona», o al revés, no quedó claro. El esqueleto quiso tocar con los guantes puestos, unos guantes negros con los huesos pintados en blanco, y le dejé, porque la verdad es que se le veían muy bien los dedos. Por primera vez en todo el curso pude explicarle dónde va el cuarto dedo señalando un hueso.

Nil vino sin disfrazar. Le pregunté de qué venía y me dijo «de Nil», muy serio. Después, bajando la voz, me confesó que su madre le había hecho un disfraz de calabaza y que él no pensaba ponérselo delante de nadie que tocara el violín.

La tocata

Querían la tocata. Todos. La de Bach, la del órgano, la que suena en las películas cuando una puerta cruje. Hugo la cantó con la boca tan bien que dos madres se asomaron desde el pasillo. Les expliqué que eso se toca en un órgano con pedales y muchos tubos, y que nosotros éramos cuatro violines pequeños y uno grande. No sirvió de nada.

Así que les escribí en la pizarra las primeras notas, la, sol, la, y lo que viene después bajando, todo en la cuerda de la, que es la que se saben. La tocamos a cinco, mal y muy fuerte: el esqueleto con guantes, la bruja de vacaciones con el sombrero en el atril, el murciélago-persona y Nil, «de Nil», haciendo la parte de abajo con cara de concierto. Sonaba exactamente a lo que era, unos críos haciendo de órgano. Pau se reía tanto que tuvo que sentarse en el suelo.

Me acordé del ensayo de la banda del sábado y del director de la barba recortada con regla. Lo copié sin vergüenza: «Otra vez, y esta vez escuchaos». No sonó mejor. Pero Lucía tocó un poco más flojo para oír a Hugo, y Hugo, al notarlo, también, y durante tres compases sonó como una sola cosa, pequeña y torcida. Luego se acabó en un acorde que no sale en ningún libro de armonía.

Remei pasó por delante de la puerta, miró los murciélagos, miró a Casals y siguió andando sin decir nada. Creo que sonreía. No lo juraría.

El que sobró

A las ocho, al recoger, quedaba un murciélago sin pegar en la carpeta, uno de los míos, de los que parecían pájaros. Lucía me pidió que se lo regalara. Le dije que era el más feo. Me dijo que por eso, y se lo guardó dentro del sombrero.

He vuelto a casa en bici, ya de noche, con un trozo de celo enganchado en la manga. En un semáforo de la calle de Sueca me he dado cuenta de que llevaba un murciélago de Marta pegado por fuera en la funda del violín, no sé desde cuándo. Lo he dejado. Ha hecho conmigo todo el camino hasta Russafa, con sus orejas y sus dientes, mirando hacia atrás a los coches.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →