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La Malvarrosa en enero

Un domingo de enero en bici hasta la playa vacía, con un termo que gotea, los pies en el agua helada y las cuentas del mes en la cabeza.

Foto: A. Munar · CC BY-SA 2.0

Hay gente que va a la playa en agosto. Yo voy en enero, con el abrigo de lana de mi abuela y un termo de café que gotea por la rosca desde que lo compré. El domingo salí de casa a las nueve y cuarto, con unos guantes sin dedos que Marta me regaló por Reyes "para que puedas seguir tocando". No toco el violín en la bici, Marta. Pero me los puse igual, porque son bonitos y porque a las nueve y cuarto de un domingo de enero hace un frío húmedo que se te mete en los nudillos.

Bajé por el cauce del Turia, con los corredores de domingo adelantándome como si les debiera dinero, y luego todo recto hacia el mar por el carril bici, entre las casas del Cabanyal con sus azulejos verdes y amarillos. Hay un momento, justo antes de llegar al paseo, en que el aire cambia. Huele a sal y a algas podridas, que dicho así suena fatal, pero para mí es el mejor olor de València. Ese olor es mi abuelo.

La playa prestada

En verano la Malvarrosa es de todo el mundo: toallas, sombrillas, altavoces con reguetón, niños llorando porque se les ha caído el helado en la arena. En enero es como entrar en una casa cuando los dueños se han ido de vacaciones. Todo está ahí, pero en silencio. Las terrazas del paseo tienen las sillas apiladas y atadas con una cadena. Las duchas no funcionan. La arena está compacta y fría, casi dura, y se te pega a las suelas en placas.

Había poca gente. Un señor con un detector de metales que barría la orilla con una paciencia de monje. Una mujer de unos setenta años con un chándal rosa que caminaba muy deprisa, moviendo los brazos como si dirigiera una orquesta invisible. Dos perros que se perseguían sin dueño a la vista. Y yo, sentada sobre el abrigo de mi abuela, peleándome con el termo.

El mar estaba gris verdoso, con una espuma sucia en la orilla y montones de posidonia seca amontonada en franjas oscuras. La luz era blanca, de esas que no hacen sombra. Me tomé el café, que ya estaba tibio, y me quedé un rato mirando cómo rompían las olas, que en invierno son más cortas y más nerviosas.

Enero sin bodas

Voy a ser sincera, que para eso está esto: enero es el mes en que me pregunto si puedo vivir de la música. De noviembre a marzo casi nadie se casa, así que el cuarteto no tiene bolos y yo solo cuento con el sueldo de la escuela, que da para el alquiler, el abono de la luz y poco más. Este mes, además, el seguro del violín, que se renueva siempre en la peor fecha posible.

No es que me angustie todos los días. Es que en enero hay más silencio y el silencio deja oír esas cosas. En la playa intenté hacer cuentas mentalmente y me salieron tres resultados distintos, así que lo dejé.

Mi abuelo era del Cabanyal y siempre decía "la mar", en femenino, como los pescadores. Cuando yo era pequeña me traía aquí en invierno, con un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio, y me decía que la mar en enero era para los que no tenían prisa. Yo tenía ocho años y muchísima prisa, pero me gustaba que me lo dijera.

Antes de irme hice lo que hago siempre, y que sé que es una tontería: me quité los zapatos y los calcetines y metí los pies en el agua. Grité. No un grito elegante, un grito de verdad, de esos que te salen desde el estómago. La señora del chándal rosa se giró, me miró con mucha seriedad y luego se echó a reír. Yo también. Tenía los pies rojos como gambas y no me los sentía.

Volví a casa pedaleando con arena en los calcetines y el termo goteándome en la mochila. Marta estaba en el sofá, todavía en pijama, con una manta y el portátil.

"¿Qué tal la playa?", me preguntó.

"Fría", le dije. Y me fui a la ducha.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →