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Dos euros de manos calientes

El primer frío de verdad, un carrito de castañas que apareció de un día para otro en mi esquina y una vecina que sabía más de mi balcón que yo.

Foto: Angel Abril Ruiz · CC BY 2.0

Hoy faltaba media escuela. Lo dijo Remei a las cuatro, en la sala de profesores, con la lista en la mano: el viernes antes de Todos los Santos los críos se van al pueblo con los abuelos y los profesores nos quedamos con los que no tienen pueblo. A mí me quedaron dos de seis. Lucía, que me contó que el murciélago feo sigue en casa dentro del sombrero de bruja, y una niña nueva de siete años que se pasó la clase preguntándome si el violín de préstamo tenía nombre. A las seis y diez ya estaba en la calle, y era de noche. Desde el cambio de hora salgo de clase con la sensación de que alguien ha apagado la ciudad sin avisar.

Y tenía las manos frías. No las de siempre, las del miedo, sino frías de verdad: las primeras de la temporada. Hacía dieciséis grados, que en València es casi una emergencia, y yo iba con la chaqueta vaquera de septiembre porque todavía no he sacado del armario el abrigo de mi abuela.

El humo

Lo olí antes de verlo. Bajando por la calle de Sueca, a la altura del mercado, el aire cambió: humo dulce, un poco de leña, un poco de azúcar quemado. En la esquina de casa, delante de la casa baja que hay enfrente de mi balcón, había aparecido un carrito de castañas. Un bidón de chapa negra con una chimenea torcida, una sartén agujereada encima y, detrás, sentada en una silla de enea, una señora con un gorro de lana y unos guantes de cocina de flores.

Ayer no estaba. Lo sé porque ayer pasé por ahí de noche con un murciélago de cartulina pegado a la funda y no olía a nada. Hoy, de repente, era otoño.

Dejé la bici apoyada en la farola y me puse en la cola, que era un señor con un perro. El señor pidió una docena «de las gordas» y el perro se sentó a mirar la sartén como se mira la tele. La señora removía las castañas con una pala de madera quemada por la punta y, de vez en cuando, las tapaba con un saco mojado que soltaba un vapor blanco al tocar el hierro.

Media docena y un moniato

Pedí media docena de castañas y un moniato, que es como se dice boniato aquí y como lo decía mi abuelo. Dos euros. Me lo dio todo en un cucurucho de periódico, las castañas arriba y el moniato debajo, abierto y humeando, y en cuanto lo cogí con las dos manos noté que los dedos me volvían uno por uno, como cuando entras en una casa y alguien va encendiendo las luces de las habitaciones.

Me quedé allí sin irme, con el cucurucho contra el pecho. La señora me miró por debajo del gorro y dijo: «Tú eres la del violín. La del tercero». Le pregunté cómo lo sabía. Señaló con la pala hacia arriba, hacia mi balcón, que desde la calle se ve pequeñísimo, con la barandilla llena de cáscaras de naranja secándose. «Por las mañanas, a las nueve», dijo. «Tocas una cosa lenta que se repite».

Era el Haydn. El lento, el de las notas largas. Me puse roja a oscuras, que es una cosa que se nota igual.

El naranjo

Se llama Encarna. Vive en la casa baja, la del naranjo en la maceta que descubrí el domingo del cambio de hora, contando tejados. Le dije que me había preguntado quién cogería esas naranjas, que me daba pena pensar que se iban a quedar en el árbol. Se rio con una risa ronca, de tabaco antiguo.

«Son amargas, xiqueta. Esas no se las come nadie. Yo las cojo en enero y hago mermelada, que es para lo único que sirven». Me contó que lleva veintiocho inviernos poniendo el carrito en esa esquina, desde el viernes antes de Todos los Santos hasta que huele a azahar, y que conoce el barrio por lo que pide. Los jóvenes, castañas. Los viejos, moniato. Los que están tristes, las dos cosas.

Le pregunté qué era yo. Me miró el cucurucho. «Tú tenías frío», dijo.

Me ofreció la silla de enea un momento y no sé por qué la acepté. Estuve diez minutos sentada junto al bidón, pelando castañas con las uñas y quemándome, mientras ella atendía a una pareja, a un repartidor con el casco puesto y a un niño que pagó con monedas de diez céntimos contadas en la palma de la mano. El calor del bidón se me metía por las rodillas. Desde ahí abajo, mi balcón parecía de otra persona.

El cucurucho

Subí a casa con dos castañas y el moniato. Marta estaba en el sofá, envuelta en la manta, corrigiendo papeles con el boli rojo. Le di el moniato sin decir nada y se lo comió con la mano, soplando, manchando una esquina de los papeles. Dijo que era el primer moniato del año y que eso traía suerte, cosa que se acababa de inventar.

Al ir a tirar el cucurucho vi que era una página de crucigramas. Estaba hecho a medias, a lápiz, con una letra grande y tumbada. Faltaban tres palabras. Una, en horizontal, decía: «Río de València, cinco letras». Me dio rabia que se le hubiera escapado, con lo cerca que lo tiene. Luego pensé que a lo mejor lo sabía de sobra y lo había dejado para quien se llevara el papel.

Lo he rellenado con el lápiz del estuche, el mismo con el que escribí la frase de Nil en la tapa. He alisado la página encima del atril, con una mancha de moniato en una esquina, al lado del Haydn. Mañana a las nueve, cuando toque el lento, voy a intentar hacerlo un poco más despacio. Abajo, a esa hora, todavía no habrá humo.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →