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El secreto era una patata

Todos los Santos en casa de mi madre: una mesa con harina, la iaia rebozando panellets en piñones y una receta que llevaba veintisiete años escondiendo un tubérculo.

Foto: ESM · CC BY-SA 4.0

El domingo cogí el tren de las nueve y cuarto con la bici y una bolsa de tela que me había dado mi iaia el sábado por la noche, sin explicación, con un kilo de almendra molida dentro. «Llévala tú, que yo ya voy cargada». Mi iaia iba a casa de mi madre en el coche de mi tío Vicent, el que no está en Alemania, con una fiambrera de moniato asado en el regazo como quien lleva un niño dormido. Yo iba con la almendra. Así se reparte el trabajo en mi familia: nadie te dice qué estás haciendo hasta que ya lo estás haciendo.

El 1 de noviembre, en casa de mi madre, se hacen panellets. No se compran. Mi madre dice que los de pastelería saben a cartón dulce y que cuestan como si fueran de oro, y cada año lo repite en la misma cocina, con el mismo delantal de cuadros, como un rezo.

La mesa con harina

Cuando llegué, a las diez y media, la mesa de la cocina ya estaba forrada de papel de horno y había un plato con un huevo batido, un cuenco de piñones, otro de coco rallado y un tarro de cerezas confitadas de un rojo que no existe en la naturaleza. Mi madre estaba de espaldas, delante del fuego. Me dijo «Lávate las manos» antes que «Hola», que en su idioma es lo mismo.

La iaia se había sentado en la cabecera, en la silla con cojín, con las gafas de cerca colgadas del cuello. Ella no amasa desde hace años, por la muñeca, pero reboza. Rebozar es lo importante, según ella: un panellet mal rebozado es un panellet calvo. Me senté a su lado y me puso delante el cuenco de piñones sin decir nada.

Pasamos así casi una hora. Mi madre hacía bolitas del tamaño de una nuez, las pasaba por el huevo y me las dejaba en la mano; yo las rodaba entre los piñones y la iaia me corregía, apretándome los dedos con los suyos, que son más pequeños y más fuertes que los míos. «No las aprietes, que no es plastilina. Ponlos tú uno a uno». Uno a uno. Cada panellet lleva unos cuarenta piñones. Lo sé porque al tercero me puse a contarlos, por deformación profesional: es lo mismo que contar compases de espera, solo que se pegan.

La fiambrera

Hacia las doce mi madre vació la masa que quedaba y abrió otra tanda. Entonces la iaia le pasó la fiambrera del moniato y mi madre lo echó, pelado y aplastado con un tenedor, encima de la almendra. Me quedé mirando.

«¿Eso va en los panellets?».

Mi madre y la iaia se miraron como dos personas que han guardado un cadáver en el armario durante mucho tiempo. «Claro», dijo mi madre. «Moniato o patata. Si no, se hacen piedras». La iaia añadió que en su casa, de pequeña, se hacían con patata porque el moniato era para comer, y que mi abuelo nunca supo que los panellets llevaban algo que no fuera almendra, y que se murió así, feliz.

Veintisiete años comiendo panellets. Veintisiete años diciendo en las bodas, cuando sacan la bandeja de dulces, que los de mi madre son de almendra pura. Me sentí estafada y, a la vez, admitida en algo. Como cuando te enseñan dónde está la llave de repuesto.

Le pregunté a mi madre por qué no me lo había dicho nunca. Se encogió de hombros, con las manos llenas de masa. «Nunca preguntaste. Tú venías, comías y te ibas con el violín».

No lo dijo con rabia. Lo dijo como dice el precio de los piñones. Pero me quedé un rato callada, rebozando, y la iaia me dio un golpecito en la rodilla por debajo de la mesa.

El horno

El horno de mi madre sí sabe la hora. Lo comprobé, por costumbre, y me dio una envidia absurda. Los panellets entraron a las doce y media y salieron diez minutos después, dorados por arriba y con los piñones tostados, oliendo a una cosa que no sé describir mejor que diciendo que olía a noviembre. Mi madre pintó los de coco con yema, los de piñones también, y dejó los de cereza para el final porque son los que le gustan a mi tío y siempre llega tarde.

Comimos arroz al horno, que es lo que se come en casa de mi madre cuando hay que celebrar algo y cuando no. La iaia contó la historia de la escalera del cementerio y en su versión era yo la que tenía miedo y ella la que subía. Nadie la corrigió. Mi tío Vicent llegó con el postre ya en la mesa y se comió cuatro panellets de cereza de pie, con el abrigo puesto.

La bandeja

Por la tarde, antes del tren, mi madre me preparó una bandeja para Marta envuelta en papel de aluminio y me la metió en la bolsa de tela, donde había venido la almendra. «Que sepa que llevan patata», dijo. «Que luego dice que es por la almendra».

En el andén, mientras esperaba, la iaia me escribió un mensaje de voz desde el coche. Duraba once segundos y casi todo era ruido de carretera. Al final se le oía decir: «Y el año que viene la masa la haces tú».

Esta mañana he encontrado un piñón dentro del calcetín. No sé cómo llegó hasta ahí. Lo he dejado en el atril, al lado del crucigrama de Encarna, como quien deja una nota.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →