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El freno de atrás
Un miércoles por la mañana en un taller de bicis del barrio, un cable oxidado, una mecánica que no me dejó tocar nada al principio y un pósit que por fin se tacha.

El pósit llevaba en la nevera desde el 6 de julio. Lo sé porque lo escribí una noche después de bajar la cuesta del puente de Aragón con el corazón en la boca, y porque Marta, que corrige todo lo que se le pone delante, le puso la fecha arriba con boli rojo. Decía: Freno de atrás. Con el verano se le fueron añadiendo cosas en rojo. Un «¿?» en agosto. Un «Muy mal» en septiembre. La semana pasada, después de que le contara cómo había ido hasta el Cabanyal con la mocadorà en la cesta frenando solo con una mano, un «Suspenso» subrayado dos veces.
Ayer lo escribí aquí para que me diera vergüenza. Funcionó más rápido de lo que pensaba.
Amparo
En la calle Puerto Rico hay un taller de bicis que abre los miércoles por la mañana para que la gente se arregle la suya con sus herramientas. Yo había pasado por delante cien veces. Tiene la persiana pintada con una bici azul que parece una cabra y dentro huele a goma, a aceite y a café de cafetera italiana. Esta mañana he llegado a las diez menos cinco, empujando la bici porque no me fiaba de ir montada, y ya había dos personas esperando en la acera.
Lo lleva una mujer que se llama Amparo. Tendrá unos sesenta años, el pelo blanco cortado a lo chico y unas manos con las uñas negras de grasa que no se quitan ni con lejía, me dijo luego, ni falta que hace. Me miró la bici, me miró a mí, miró la funda del violín que llevaba a la espalda porque después tenía clase, y me preguntó: «¿Y cuánto tiempo llevas sin freno?». Le dije que desde julio. No dijo nada. Solo levantó las cejas. Me sentí como cuando el médico te pregunta cuántas cervezas tomas a la semana.
Mirar antes de tocar
Yo quería que me lo arreglara ella. Ella no quería. «Aquí se aprende», me dijo, y me dio una llave allen de cinco. Pero tampoco me dejó tocar nada al principio. Me hizo apretar la maneta despacio y mirar qué pasaba allá atrás, al final del cable. Nada. La maneta se iba hasta el puño, blanda, y las zapatas ni se enteraban.
El cable estaba oxidado por dentro de la funda, en la parte que pasa debajo del sillín, justo donde se queda el agua cuando dejo la bici en la calle. Amparo lo sacó tirando con dos dedos y salió como sale una cuerda vieja de violín, rizado y de color té, con un ruido áspero. Me lo puso en la mano. «Esto es lo que tenías», dijo. Pesaba menos que un lápiz.
Y ahí me pasó una cosa rara: lo entendí todo de golpe. Un cable de freno es una cuerda. Va de un sitio a otro, tiene que estar tensa, y si está tensa hace su trabajo, y si no, no. En la maneta hay una ruedecita que se gira para tensarlo un poco más, y es exactamente lo mismo que el afinador fino del cordal del violín, el que toco cien veces por tarde entre pieza y pieza. Se lo dije a Amparo. Me contestó que ella no sabía nada de violines, pero que en eso tenía pinta de que sí.
Sin decir palabrotas
Pasé el cable nuevo yo sola, con las manos de Amparo al lado pero sin tocar, como hago yo con los niños cuando les enseño a poner el violín en el hombro. Se me escapó dos veces por el agujero equivocado. Apreté el tornillo que lo sujeta, tiré con unos alicates para tensarlo, lo volví a soltar porque había quedado torcido. Un chico con una bici de carretera carísima me miraba desde el banco de al lado con una paciencia que me puso más nerviosa que el tribunal del conservatorio.
Luego había que centrar las zapatas para que tocaran la llanta las dos a la vez, y eso es lo más difícil, me dijo Amparo, porque una siempre quiere llegar antes que la otra. Como en el cuarteto, pensé, pero no lo dije, porque ya había hecho una metáfora musical aquella mañana y no quería pasarme.
No dije ninguna palabrota. Lo apunto porque en mi lista de cosas que estoy aprendiendo está «cambiar una cuerda sin decir palabrotas» y esto, en el fondo, era cambiar una cuerda.
Al final Amparo me hizo dar una vuelta a la manzana. Bajé por Puerto Rico hacia Sueca, despacio, y en la esquina, delante de la frutería, apreté solo la maneta izquierda. La bici se paró. Sin chirrido, sin caballito, sin nada. Se paró como se para una bici normal, que es una cosa que yo había olvidado que pasaba. Me quedé ahí un momento, con un pie en el suelo, y el frutero me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, que estaba frenando.
Cuando he vuelto a casa a comer, el pósit seguía en la nevera. Lo he tachado con el boli rojo de Marta, que estaba en el bote de los lápices, y lo he dejado pegado. Esta tarde, al llegar de clase, alguien había escrito debajo, con la misma letra redonda: Aprobada. Recuperación de julio.
El cable viejo lo tengo en el estuche del violín, enrollado al lado de las cuerdas rotas que guardo sin saber por qué.


