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El señor de la fila siete

Mis martes de cine en versión original, sola, en la misma butaca. Un desconocido que pela mandarinas a oscuras y una película que nadie más veía desenfocada.

Foto: State Library Victoria Collections · CC BY 2.0

Los martes voy al cine sola. Lo hago desde que me mudé a Russafa, hace cuatro años, y al principio era por dinero, porque los martes la entrada es más barata, y luego se convirtió en otra cosa. Marta no viene nunca. Dice que leer subtítulos es trabajar, y que ella ya corrige bastantes cosas durante la semana como para corregir también a los actores. Así que voy yo, en bici, a los Babel, y me siento siempre en el mismo sitio: fila seis, butaca cuatro, a la izquierda del pasillo.

No elegí ese sitio por nada. Es el primero que me tocó y ya está. Soy así con las butacas, con las mesas de las cafeterías y con el lado de la cama. Me cuesta muy poco tener costumbres y muchísimo cambiarlas.

Los de siempre

Si vas al cine los martes durante cuatro años, acabas conociendo a gente a la que no conoces. Hay una pareja de unos cincuenta que discute en susurros durante los tráileres y se coge de la mano en cuanto se apagan las luces, como si las dos cosas fueran parte del mismo ritual. Hay un chico con una libreta pequeña que apunta cosas a oscuras, no sé cómo, y que nunca se ríe aunque la película sea una comedia. Y hay un señor, el de la fila siete.

El señor de la fila siete se sienta justo detrás de mí, un poco a la derecha. Tendrá más de setenta años, lleva siempre una gorra de pana que se quita al sentarse y una rebeca gris abotonada hasta arriba, haga el tiempo que haga. Y en cuanto empieza la película, pela una fruta. En verano era un melocotón, que no hace ruido pero huele. Desde octubre hasta marzo, una mandarina. Lo sé porque llevo cuatro inviernos oliendo la primera mandarina de la temporada en la sala dos de los Babel, a oscuras, justo cuando la película empieza a ponerse seria.

Nunca habíamos hablado. Nos saludábamos con la cabeza al encenderse las luces, como dos vecinos de rellano que no saben cómo se llaman.

Desenfocado

Este martes fui después de pasar por casa de mi iaia, y ya con el freno de atrás funcionando, cosa que me hizo llegar con cinco minutos de margen en vez de con el corazón en la boca. Ponían una película coreana de casi tres horas sobre una familia que tiene un restaurante de fideos y no se habla. Había once personas en la sala. Las conté.

A los diez minutos olí la mandarina. Primera de la temporada. Sonreí a oscuras como una tonta.

A los veinte minutos el señor se levantó. Pensé que se iba al baño, o que la película no le gustaba, que también pasa. Salió por la puerta del fondo con la gorra en la mano y tardó un rato en volver. Y entonces, en la pantalla, pasó algo que no sé explicar bien: la imagen se puso más nítida. No mucho. Como cuando te limpias las gafas sin saber que estaban sucias. De pronto se veían los hilos del delantal de la madre, el vapor de la olla, las letras pequeñas de un calendario colgado en la pared del restaurante.

Yo no me había dado cuenta de que estaba desenfocada. Nadie se había dado cuenta. La pareja seguía con las manos cogidas, el chico seguía apuntando.

Treinta y un años

Al terminar, cuando se encendieron las luces, el señor se estaba poniendo la gorra y yo, que no sé por qué esa noche me sentía valiente, le pregunté si había ido a decir algo a la cabina. Me miró con un poco de sorpresa, como si no supiera que yo hablaba.

Me contó que había sido proyeccionista treinta y un años en un cine de la Gran Vía que ahora es un gimnasio. Que antes el foco se ajustaba a mano, mirando por un ventanuco, y que él todavía no puede ver una película un poco blanda sin que le piquen las manos. Que el chico de la cabina es majo, pero que ahora todo es digital y la gente se cree que el digital no se desenfoca. «Se desenfoca», me dijo. «Lo que pasa es que nadie lo dice».

Le dije que yo no lo había notado hasta que lo arregló. Se encogió de hombros. «Ya. Eso pasa con casi todo».

Se llama Vicente. Lo sé porque al salir, en la puerta, la taquillera le dijo «Hasta el martes, Vicente», y él contestó «Si Dios quiere y el foco también», que debe de ser lo que dice cada semana, porque ella ni se rio.

Yo ya estaba quitándole el candado a la bici cuando volvió hacia mí, rebuscando en el bolsillo de la rebeca, y me dio una mandarina. Pequeña, con una hoja todavía pegada al rabito. «Para el camino», dijo. Y se fue andando calle abajo con la gorra puesta y las manos detrás de la espalda.

No me la comí en el camino. La llevé en la cesta, rodando de un lado a otro en cada bache, y al llegar a casa la dejé encima del atril, al lado de la partitura del Haydn que estoy estudiando. Ayer por la mañana me la comí en el balcón, en pijama, con el primer café. Estaba ácida, de las de principio de temporada.

La piel sigue en el atril. Esta mañana, al abrir el estuche para estudiar, todo el cuarto olía a sala dos.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →