familia · cementerio · iaia

El nicho antes de Todos los Santos

Una tarde de lunes con mi iaia, un cubo, un trapo y la escalera del cementerio del Cabanyal para limpiar la lápida de mi abuelo antes del uno de noviembre.

Foto: Ariel Luizaga Ortiz · CC BY-SA 4.0

Cada año, la semana antes de Todos los Santos, mi iaia Pepa va a limpiar el nicho de mi abuelo. Este año no me preguntó si podía acompañarla; me llamó el domingo por la noche y dijo: «Mañana a las cuatro, trae un trapo». Colgó antes de que yo contestara. Es su manera de pedir las cosas que importan.

Ayer salí de la escuela de música a las tres y media, dejé la funda del violín en casa de mi iaia, en la calle de la Reina, y fuimos andando hasta el cementerio del Cabanyal, ella con el cubo de plástico azul y yo con el trapo, un cepillo de dientes viejo que se había traído de casa y una bolsa con dos tarros de cristal vacíos.

La escalera

El nicho de mi abuelo está en la cuarta fila. Para llegar hay que subir una escalera de aluminio que el cementerio deja apoyada contra la pared para quien la necesite, y que se mueve más de lo que a nadie le gustaría. Mi iaia, que tiene ochenta y cuatro años, la miró, me miró a mí y dijo: «Yo la sujeto». Así que subí yo, con el cubo colgado de un brazo, y ella abajo, agarrando los dos lados con una fuerza que no sé de dónde saca, diciéndome «Cuidado» cada tres peldaños aunque yo no hubiera hecho nada.

Arriba hay una placa de mármol con su nombre, dos fechas y una frase que eligió mi iaia y que a mi madre le pareció corta. Estaba cubierta de un polvo gris que se pega cuando llueve poco. Lo froté con el trapo mojado, luego con el cepillo en las letras, una por una, como si pudiera hacerles daño. Hay un momento, mientras limpias la S de un apellido que también es el mío, en que dejas de pensar en nada. Es raro. Es casi un descanso.

Los claveles

Mientras yo limpiaba, mi iaia fue sacando de la bolsa los claveles. Los compra siempre en el mismo puesto de la puerta, de color granate, y siempre se queja del precio, que este año eran siete euros el ramo: «Antes con esto te daban una maceta». Lavó los tarros en la fuente con un cuidado de cirujana, les cambió el agua tres veces y fue colocando las flores una a una, midiendo el tallo con la mano para que no sobresaliera ninguno.

Yo le fui pasando los tarros desde la escalera. A mitad de camino, con un clavel en cada mano, me dijo sin mirarme: «Tu abuelo odiaba venir aquí. Decía que los cementerios eran para los vivos con mucho tiempo». Se quedó callada un segundo. «Y mira, ahora sí que tengo tiempo».

En el nicho de al lado una mujer de mi edad cambiaba también las flores. Nos saludamos con la cabeza como se saludan los que se ven una vez al año en la misma escalera. Mi iaia dice que la conoce desde hace tres Todos los Santos y que nunca le ha preguntado cómo se llama, y que eso también es una forma de amistad.

Los buñuelos

Al salir compramos una bolsa de buñuelos de calabaza en la panadería de la esquina, calientes, con el azúcar pegándose al papel. Nos los comimos en un banco de la avenida, mirando pasar los coches, ella con las manos aún mojadas del cubo. Me contó cómo se conocieron en el baile del Casino del Cabanyal, donde mi abuelo pisaba más que bailaba, y me dijo que el 1 de noviembre lo pasará en casa de mi madre, comiendo panellets, porque este año ya ha cumplido.

Volví a casa en la bici, que ahora frena de las dos ruedas, sin prisa, por el paseo de la Malvarrosa. Llegué a Russafa con las manos oliendo a jabón de fregar y a clavel, y no me las lavé hasta la hora de cenar.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →