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El ensayo de la banda
Un sábado sin boda volví al pueblo para ver ensayar la banda donde tocaba mi prima Paula, la del clarinete, y entendí por qué a los seis años quise un instrumento solo mío.

Este sábado fue el primero sin boda desde abril. Me desperté a las ocho, por costumbre, con las manos listas para una corbata ajena, y me quedé mirando el techo sin saber qué hacer con un día entero. Mi prima Paula me escribió a las nueve: «Esta tarde ensayamos para Santa Cecilia. Si quieres venir a verme sufrir, hay horchata». Cogí la bici, la subí al tren de las once y diez, con la funda del violín en casa por primera vez en meses, y noté la espalda rara de tan ligera.
No iba al pueblo desde agosto. Mi madre dice que una persona que vive a cincuenta kilómetros y solo aparece en Navidad y en las fiestas es una turista con apellido.
El local de la banda
El local está encima del casino, subiendo una escalera de baldosas verdes que huele a cerrado y a cera. Hay un cartel de 1987, un armario lleno de bombardinos abollados y un piano que desafina de una manera tan fiel que ya forma parte de la afinación. Cuando llegué, a las cuatro, estaban sacando las sillas. Treinta y ocho, contó Paula; treinta y ocho porque acaba de entrar una chica de quince años con una tuba más grande que ella.
Me senté al fondo, junto a la ventana, al lado de una señora que dobla las partituras y las reparte. Se llama Amparo, lleva allí desde antes de que yo naciera, y me preguntó si era la hija de Rosa, la de la farmacia. Le dije que sobrina. «Pues se te parece», contestó, y me puso en el regazo una carpeta de pasodobles para que hiciera algo útil.
El director es un hombre menudo, con una barba blanca recortada con regla, que da el pie con la mano izquierda y se rasca la oreja con la derecha. Dijo «Buenas tardes» y treinta y ocho personas respiraron a la vez. Llevo años dando clase a críos, tocando en cuartetos y en bodas, y creo que no había oído nunca una respiración así, tan colectiva, como de un animal grande que se despereza.
Desafinados juntos
Tocaron un pasodoble, lo repitieron, volvieron al compás veintitrés tres veces. Los metales entraban un poco tarde. Un trombón se equivocó de página y siguió con una seguridad admirable. Paula, que tiene el clarinete desde los trece años, se dio cuenta de que yo la miraba, torció la boca y puso los ojos en blanco sin dejar de soplar. Yo me eché a reír y Amparo me dio un codazo.
Y entonces, en un descanso, el director dijo: «Otra vez, y esta vez escuchaos». Tocaron el mismo compás y sonó distinto. No mejor, exactamente. Sonó como si por fin hubiera alguien dentro. Me quedé con la carpeta abierta sin pasar la página.
A los seis años yo quería un instrumento solo mío porque Paula tenía el suyo y los mayores del pueblo le decían «la clarinetista» con orgullo. Quería ese nombre. Ahora, con veintisiete, sentada al fondo de un local con goteras, me di cuenta de que el nombre era lo de menos: lo que ella tenía y yo me perdí era a treinta y siete personas más respirando a su lado.
La horchata
Al terminar fuimos las dos a la barra del casino. Paula tenía la cara roja y el labio hinchado, que es lo que le pasa cuando toca dos horas seguidas. Pedimos horchata con fartons, aunque era octubre, y hablamos de cosas pequeñas: de su novio, que no entiende por qué los sábados no puede quedar; de mi madre, que sigue sin creerse que gane dinero tocando; de la iaia, que le ha dicho a Paula por teléfono que este año el nicho le ha costado menos esfuerzo que el anterior, mentira, claro.
Le dije que el ensayo me había gustado más que cualquier concierto de los últimos meses. Se quedó mirándome con el vaso a medio camino. «Pues vente el 22», dijo. «Yo te presto la silla de Amparo». «Que yo no sé tocar el bombardino». «Nadie te lo va a pedir. Solo vente».
Volví en el tren de las ocho, con la bici sujeta entre las rodillas y los pasodobles todavía en la cabeza, el compás veintitrés dando vueltas. Una chica con auriculares me miró tararear y sonrió. En la ventana, entre dos campos de naranjos a oscuras, el vagón se reflejaba entero, con mi cara dentro, sin funda a la espalda.


