piso · marta · invierno
El calentador hace clic
El segundo día de frío el calentador del piso decidió no encenderse. Una ducha de cuatro segundos, un casero que solo manda audios y un alumno de nueve años con la respuesta.

A las siete y veinte de esta mañana he abierto el grifo de la ducha, he esperado lo que se espera siempre, contando hasta quince, y desde la cocina ha llegado un ruido que no conocía. Clic. Clic. Clic. Como alguien que intenta encender un mechero en la calle con viento. Luego, nada. El agua seguía saliendo, eso sí. Helada.
Me he metido igual. He aguantado cuatro segundos, que los he contado, y he salido dando un grito que no era una palabra. Marta ha aporreado la puerta del baño para preguntar si me había caído. Le he dicho que no, que el calentador se había muerto. Ha habido un silencio al otro lado de la puerta, el silencio de una persona que todavía no se ha duchado.
El calentador
Nuestro calentador vive en la cocina, encima del fregadero, metido en un armario sin puerta. Es blanco, o lo fue, y tiene una ventanita redonda por la que, cuando funciona, se ve una llama azul muy pequeña, como la de un hornillo de juguete. En cuatro años nunca le había prestado atención. Es de esas cosas de la casa que solo existen cuando se rompen, como el freno de atrás, como los tobillos.
Marta se ha puesto delante de él con el pijama y los dos jerséis de ayer encima y ha abierto el grifo del fregadero. Clic, clic, clic. Le ha dado un golpecito con los nudillos en el lateral, con mucho respeto, como se llama a la puerta de un despacho. Nada.
Entonces ha sacado la olla grande, la de cocer las alcachofas, la ha llenado de agua y la ha puesto al fuego. «Como en casa de mi abuela», ha dicho. Se ha lavado el pelo inclinada sobre la bañera, con un cazo, mientras yo le echaba el agua tibia por la nuca y ella decía «más», «menos», «ay», «más». Se ha ido a trabajar con el pelo mojado y un humor que no le envidio a nadie que se cruce con ella.
Los audios del señor Ramón
Al casero lo llamamos el señor Ramón, aunque nunca nos ha dicho que lo llamemos así. Vive en Burjassot, no viene nunca y no escribe: manda audios. Audios largos, con la radio de fondo y un perro que ladra cuando él dice algo importante. Le he escrito a las ocho menos cuarto, con una foto del calentador y la palabra «clic» tres veces.
A las nueve y media ha contestado. Un minuto y cuarenta segundos. Que el técnico de confianza no puede venir hasta el viernes por la tarde. Que ese calentador «es muy bueno, de los de antes». Que seguramente le habíamos hecho algo. Y al final, después del perro, una frase que no he entendido bien, algo de «mirar lo de abajo». El perro tapaba justo esa parte.
Viernes. Hoy es miércoles. He hecho la cuenta de duchas de olla que faltan y he tocado el Haydn de las nueve más deprisa de lo que debía, por pura rabia.
Lo que sabía Nil
Por la tarde, en la escuela, tenía a Nil a las cinco. Ha llegado soplándose los dedos, como siempre, y me ha preguntado por qué llevaba el pelo recogido en un moño tan raro. Le he dicho la verdad: que no me lo había podido lavar porque en mi casa no hay agua caliente.
Nil ha dejado el violín en la silla y me ha mirado con la seriedad con la que los niños miran a los adultos cuando descubren que no saben algo evidente.
«¿Hace clic-clic?».
Le he dicho que sí. Me ha explicado, muy despacio, como se le explica una escala a alguien que empieza, que el calentador de su casa lleva una pila. Una pila gorda, de las redondas. Que está abajo, en una cajita, y que cuando hace clic-clic y no se enciende es que se ha acabado, y que su padre la cambia y dice una palabrota, y que luego funciona. «Lo de abajo», he pensado. El perro del señor Ramón.
Le he dado las gracias y hemos tocado el minueto, él mucho más tranquilo que yo.
Una pila de un euro con cincuenta
Al salir he pasado por el bazar de la calle Cádiz. La chica del mostrador me ha dado dos pilas gordas en un blíster sin que le tuviera que explicar nada, como si cada noviembre media Russafa entrara a pedir lo mismo con el pelo sucio. Un euro con cincuenta.
En casa me he subido a la silla de la cocina, la misma de bajar el abrigo, y he mirado el calentador por debajo por primera vez en mi vida. Ahí estaba: una tapita negra con una flecha. Dentro, una pila con la etiqueta descolorida y una fecha escrita a rotulador por alguien que no éramos nosotras. 2021. He puesto la nueva, con el más hacia donde decía el dibujo, y he abierto el grifo.
Clic. Y luego un sonido que no sé escribir, como un suspiro grande dentro de una caja. La llama azul ha aparecido en la ventanita. No he dicho ninguna palabrota. Lo apunto porque es la primera vez.
Le he mandado al señor Ramón una foto de la llama. Me ha contestado con un audio de seis segundos: «Ya decía yo». El perro no ha ladrado.
Marta ha llegado a las ocho y media. Se ha encerrado en el baño casi cuarenta minutos y el pasillo se ha llenado de vapor hasta el sitio de la bici. Desde mi cuarto la he oído cantar, por primera vez en cuatro años, un pasodoble fallero que no se sabe entero. Se le olvidaba siempre la misma parte y volvía a empezar desde el principio, cada vez un poco más alto, como si el agua caliente fuera a recordársela.
No le voy a decir que las paredes son tan finas.


