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La mocadorà de la iaia

Un 9 d'Octubre, un pañuelo de seda lleno de frutas de mazapán, una bici sin freno trasero y la costumbre que mi abuelo nunca se saltó.

Foto: charley1965 · CC BY-SA 2.0

El 9 d'Octubre es fiesta en València. Se celebra que Jaume I entró en la ciudad en 1238, hay desfile con la Senyera por el centro, cohetes, discursos y gente con banderas en el balcón. Pero en mi casa el 9 d'Octubre siempre ha sido otra cosa: el día en que mi abuelo le regalaba a mi iaia una mocadorà.

Para quien no sea de aquí: una mocadorà es un pañuelo, normalmente de seda o de algodón bordado, que se anuda por las cuatro puntas y se llena de figuritas de mazapán con forma de fruta y de verdura. Peras, naranjas, plátanos, una sandía del tamaño de una nuez, pimientos rojos brillantes. Y dos piezas que no pueden faltar: la piuleta y el tronador, dos mazapanes alargados con forma de petardo, porque dicen que cuando Jaume I entró en la ciudad se tiraron cohetes. Es el San Valentín valenciano, el de Sant Dionís, y es mucho más bonito que San Valentín porque se puede comer.

Cincuenta y un pañuelos

Mi abuelo le regaló una mocadorà a mi iaia Pepa todos los años desde que eran novios. Cincuenta y un años seguidos, uno de ellos desde el hospital, con el pañuelo comprado por mi madre y la tarjeta escrita por él con letra torcida. Mi iaia guarda todos los pañuelos en el cajón de abajo del aparador, doblados, oliendo a mazapán viejo y a naftalina. Los de los primeros años son de algodón fino con flores. Los de los ochenta, de unos colores que no sé cómo explicar.

Desde que él murió, hace tres años, la mocadorà se la llevo yo. No lo decidió nadie. El primer 9 d'Octubre sin él, mi madre estaba trabajando, mi tío estaba en Alemania, y yo pasé por delante de una pastelería de Russafa con el escaparate lleno de pañuelos y frutas de colores y me quedé parada en la acera como si me hubieran llamado por mi nombre. Entré. Me gasté treinta y dos euros, que aquel mes era muchísimo. Desde entonces, es mío.

Sin freno trasero

Este año la compré el jueves por la tarde, después de clase, en la misma pastelería de la calle Sueca. La señora que atiende ya me conoce y me pregunta "¿La de siempre, para la iaia?" como si yo fuera una señora mayor con costumbres. Un pañuelo azul con pájaros pequeños, ocho frutas, la piuleta y el tronador. Me la envolvió en papel de seda y me la dio con las dos manos, como si fuera un bebé.

El viernes, día 9, fui en bici hasta el Cabanyal con la mocadorà en la cesta delantera, envuelta además en una bolsa de tela por si acaso. El problema es que el freno trasero sigue sin funcionar. Lo tengo apuntado en la lista de pendientes desde el verano, en un pósit en la nevera que Marta ha empezado a corregir con boli rojo, como si fuera un examen. Así que fui todo el camino frenando solo con el delantero, muy despacio, con la mano tensa y el miedo de que en cualquier semáforo la bici hiciera un caballito y los mazapanes salieran volando por la avenida del Puerto. Tardé el doble. Llegué con el antebrazo derecho dormido.

Las peras no se comen

Mi iaia vive en la calle de la Reina, en la casa de planta baja con la fachada de azulejos verdes donde nació mi madre. Tiene ochenta y cuatro años, oye menos de lo que dice y más de lo que creemos, y siempre abre la puerta antes de que llames, porque reconoce el ruido de mi bici en el empedrado.

Abrió el pañuelo encima del hule de la mesa de la cocina, despacito, desatando los nudos con unos dedos que ya no le van tan rápido. Miró las frutas una por una. Cogió la pera, la giró para mirarla por detrás y dijo, igual que todos los años: "Esta la han hecho con prisas". No sé qué ve en las peras. Para mí son todas iguales.

Luego me preguntó por el violín, por Marta, por si comía bien, por si tenía novio. A esto último le dije que no y me contestó "Millor", que es lo mismo que me dice cada vez y que todavía no sé si es una broma. Merendamos café con leche y unas galletas maría mojadas, porque las frutas de mazapán no se comen el mismo día. Esa es la regla de la casa. Se ponen en un plato encima del aparador y se miran durante una semana. Se comen poco a poco. La piuleta y el tronador, los últimos.

Cuando me iba, abrió el cajón de abajo del aparador para guardar el pañuelo vacío del año pasado, que todavía estaba en la mesa camilla, y lo vi: el montón de pañuelos doblados, cincuenta y uno de él y tres míos encima, como capas de tierra. Los míos se notan. Son más alegres. Mi abuelo, por lo visto, tenía un gusto terrible y una puntualidad perfecta.

Al día siguiente toqué en una boda en Sagunto y, por si alguien se lo pregunta, el arco tembló, pero poco. De eso quizá escriba otro día.

Hoy martes he pasado otra vez por la calle de la Reina, de camino al cine, y por la ventana se veía el plato en el aparador. Faltaban la naranja y la sandía. La pera seguía allí, sola, con sus prisas.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →