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Fallas desde el balcón
Cinco días de petardos, buñuelos y una bici atrapada en el pasillo. Y la cremà, que me hace llorar todos los años aunque diga que no me gustan las Fallas.

Tengo que confesar algo que en València se considera casi delito: no me encantan las Fallas. No las odio, que conste. Pero durante cinco días mi barrio se convierte en otro sitio, y yo, que necesito los oídos para trabajar, vivo esa semana con unos tapones de músico en el bolsillo del abrigo y una cara de resignación que Marta dice que parezco una monja en una discoteca.
Vivimos a dos calles de las luces de Cuba-Literato Azorín, esas que salen en todas las fotos de Instagram: una catedral de bombillas que cada noche se enciende al ritmo de música a todo volumen. Es precioso, de verdad. También significa que del 15 al 19 de marzo no se puede andar por la acera, que el portal se llena de gente comiendo churros sentada en nuestro escalón y que mi bici se queda encerrada en el pasillo porque sacarla sería como intentar cruzar un río a contracorriente con una vaca en brazos.
Marta, fallera
Marta, en cambio, es fallera desde que nació. Su familia es de una comisión de Benimaclet y ella tiene en el armario un traje de valenciana que vale más que mi violín, con el corpiño bordado a mano y unas peinetas que guarda en una caja forrada de terciopelo. El día de la ofrenda se levanta a las seis para que su tía la peine, porque el moño de tres piezas no se lo puede hacer una sola. Vuelve a casa a las once de la noche con los pies destrozados, los ojos brillantes y oliendo a laca y a claveles.
Este año la ayudé a ponerse el traje, o mejor dicho, sujeté alfileres mientras su tía, que es una mujer bajita y con mucho carácter, me daba órdenes en valenciano: "Xiqueta, eixe no, l'altre". Me sentí parte de algo, aunque solo fuera como portaalfileres.
El ruido
Lo que peor llevo es la despertà. A las ocho de la mañana pasa la comisión de nuestra calle tirando petardos detrás de la banda de música, y no hay tapón que valga. Te despiertas con el corazón en la garganta, con la sensación de que alguien ha disparado dentro de tu habitación. El primer día lo soportas. El tercero ya hablas sola.
Pero luego la banda toca un pasodoble, y en la banda va una chica con un clarinete que se parece muchísimo a mi prima a los quince años, y algo se me ablanda. Me asomo al balcón en pijama y les miro pasar. Una vez, hace años, la chica del clarinete levantó la vista, me vio con el pelo de loca y me saludó con la mano sin dejar de tocar. Todavía no sé cómo lo hizo.
Por las tardes, cuando consigo salir, compro buñuelos de calabaza en el puesto de la esquina. La señora que los hace los estira con dos dedos y los echa al aceite con un gesto que parece un truco de magia. Me como seis, mojados en chocolate, de pie, quemándome la lengua. No sé por qué siempre me quemo la lengua. Llevo veintisiete años comiendo buñuelos y no he aprendido nada.
La cremà
Y luego llega la noche del 19. Anoche fuimos a ver la cremà de la falla de nuestra calle, que no es de las grandes, una falla de barrio con un ninot que este año era un señor gigante con cara de casero que subía el alquiler cada vez que respiraba. Los vecinos se reían y le hacían fotos. Marta, todavía con restos de laca en el pelo, me cogió del brazo.
Cuando prendieron la mecha y el fuego subió por las piernas de cartón, el calor nos dio en la cara a todos a la vez, como cuando abres un horno. Los bomberos regaban las fachadas. Alguien gritó "¡Visca València!". Y yo me puse a llorar, como todos los años, sin saber muy bien por qué. Será el calor. Será que algo que alguien ha tardado un año en construir desaparece en diez minutos y todo el mundo aplaude.
Marta no dijo nada, porque ya me conoce. Me dio un pañuelo de papel que olía a claveles.
Esta mañana, al salir al balcón, he encontrado un trocito de cartón quemado encima del atril donde a veces estudio con la ventana abierta. Es negro por un lado y rosa por el otro. Lo he dejado ahí.


