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La hora que sobra

El domingo cambió la hora y me regalaron sesenta minutos que no sabía dónde poner. Un horno que miente, un balcón a oscuras y una hora entera sin nadie esperándome.

Foto: Triplec85 · CC BY-SA 4.0

El domingo, de madrugada, nos quitaron una hora de la noche y nos la devolvieron por la mañana, que es la única vez al año que alguien me da tiempo sin que se lo pida. Me desperté a las siete y diez creyendo que eran las ocho y diez, y me quedé en la cama haciendo cuentas como una contable: si ya son las ocho y diez pero en realidad son las siete y diez, entonces me sobra una hora. ¿Una hora de qué?

Nunca sé qué hacer con ella. Con el cambio de marzo lo tengo claro, es un robo y punto. Pero en octubre la hora aparece sin avisar, como un billete olvidado en el bolsillo de un abrigo, y yo me quedo mirándola sin atreverme a gastarla.

El horno miente

Lo primero fue ir a la cocina a poner el café. El reloj del horno marcaba las ocho y cuarto. Es el único reloj de casa que ninguna de las dos sabe cambiar: tiene tres botones y un manual que Marta tiró hace dos años en una limpieza general. Por eso en abril, cuando se adelanta, lo dejamos como está y lo restamos de cabeza durante seis meses. Esta mañana, por primera vez desde marzo, el horno decía la verdad. Estaba bien. Había llegado al presente por pura paciencia, sin que nadie lo tocara.

Me lo tomé como una señal de algo, aunque no sé de qué. Marta salió de su cuarto en pijama, con los ojos hinchados, miró el horno y dijo: «Qué raro, hoy no miente». Y se volvió a la cama.

Sesenta minutos en el balcón

Así que me quedé con mi hora. No tenía clase, no tenía ensayo, el cuarteto descansa hasta que alguien nos contrate otra vez. Me saqué una silla al balcón con el café y la manta del sofá y me senté a mirar la calle a las ocho de la mañana de un domingo que, para el resto del barrio, aún eran las siete.

La calle estaba medio apagada. Un señor sacaba a un perro viejo que se paraba cada tres farolas. La panadería de la esquina acababa de levantar la persiana y olía a pan caliente hasta el tercero. Una chica pasó en bici con las luces puestas porque todavía no había terminado de amanecer, y pensé en mi freno nuevo, que lo hace todo mejor, y en el cable viejo que sigue en el estuche del violín.

No toqué. Era lo que habría hecho cualquier otro domingo, estudiar una hora los armónicos de la partita antes de que los vecinos se quejaran. Pero se me ocurrió que una hora regalada no debería servir para trabajar, y me quedé con el violín en su funda, apoyado en la pared, mirándome con cierta ofensa.

Lo que sí hice fue contar los tejados. Desde mi silla se ven catorce, y en uno de ellos, el de la casa baja de enfrente, hay un naranjo en una maceta enorme que nunca había visto porque en verano las hojas se confunden con el resto. Ahora, con la luz baja, tenía puntitos de color. Pensé en las naranjas de la tía de Marta y en que en un par de semanas las de ese árbol también estarían maduras, y que nadie las iba a coger.

La tarde, a las seis

Lo que nadie cuenta del cambio es lo que pasa al final del día. Ayer a las seis de la tarde ya era de noche. Salí a por pan y las farolas estaban encendidas, y la plaza del mercado tenía ese aire de cuando el día se ha ido antes de lo que tocaba y todos hacemos como que no pasa nada. Compré una barra y una naranja suelta, y la frutera me dijo que ahora todo se hace más corto y más largo a la vez.

Esta noche he vuelto de dar clase de violín a las siete y media con la sensación de venir de madrugada. Nil, mi alumno de siete años, me preguntó por qué fuera estaba tan oscuro si no era tarde. Le dije que el reloj había cambiado. Me preguntó que a dónde se había ido la hora que nos habían quitado en primavera. «A ningún sitio», le dije. «La hemos devuelto». Frunció el ceño. «Pues yo no me enteré de que la devolvíamos».

Yo tampoco, Nil. Pero ayer, por la mañana, en el balcón, con el café ya tibio, me di cuenta de que me la había comido entera sin hacer nada, y que por una vez no me había sentido culpable. El horno marcaba la hora buena. En la calle, el perro viejo llegaba por fin a la cuarta farola.

Escrito por

Elena Vidal

  • 27 años
  • Violinista y profesora
  • Russafa, València

Violín, bici, bodas ajenas y el mar cuando nadie lo mira. Más sobre mí →